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Editorial

Editorial 1556: ¿Es Cannes lo que se espera que sea?

En cualquier otra edición de Cannes Lions, la niña creada por McCann Nueva York para State Street Global Advisors hubiera sido, con sus cuatro grandes premios, la protagonista casi indiscutible del evento. Pero en esta ocasión la excelencia creativa, que se supone que es lo que sobre todo celebra el importante festival, ha tenido que compartir foco en la Croisette con unos protagonistas inesperados: Arthur Sadoun, CEO de Publicis Groupe, y su ya bien conocido anuncio, realizado en la propia ciudad y en pleno certamen, de que el año próximo su compañía no participará en premios ni eventos publicitarios y dedicará esos fondos a financiar el desarrollo de un sistema de inteligencia artificial que eventualmente conectará y fomentará la colaboración y el flujo de ideas entre los empleados del grupo en todo el mundo.

Al margen de los resultados que a Publicis Groupe le dé su decisión, y de la frustración y ganas de abandonar el grupo que genere entre los creativos que trabajan en sus agencias, la noticia prendió inmediatamente la llama de un debate sobre la evolución última y la situación actual de Cannes Lions y su relevancia para las compañías del sector y para la creatividad en la comunicación comercial. La llama fue avivada enseguida por Martin Sorrell, CEO de WPP, que al día siguiente de conocerse la decisión de Publicis habló del excesivo tamaño, inadecuada ubicación geográfica, enorme carestía y pérdida de foco creativo del certamen. Sorrell no estaba ciertamente siendo ventajista, pues ya el año pasado habló en términos similares.

El festival ha respondido a la situación con la creación de un comité asesor en el que se quiere contar con anunciantes, agencias, empresas colaboradoras y las autoridades municipales de Cannes. Esta respuesta de los organizadores del festival a la controversia, al margen de responder a una coyuntura sobrevenida, parece en verdad oportuna. Porque si bien es verdad que el Festival de Cannes no está ni mucho menos en crisis -y lo atestiguan su capacidad de atraer el mejor trabajo del mundo y de concentrar en una semana a toda la industria y sus satélites, y el gran prestigio que se otorga a los leones- también es cierto que padece de elefantiasis y quizá de cierta miopía. Por un lado, hay una cantidad enorme de competiciones y un número inmanejable de eventos en el programa; por otro, el protagonismo y el foco del festival parece que han pasado de la celebración de la creatividad y de sus profesionales a otros aspectos del negocio y a la tecnología; y, finalmente, todo el asunto es gigantescamente caro; y por más que un buen resultado en los premios y la presencia de los directivos de las agencias en los hoteles y locales más lujosos de La Croisette puedan ser beneficiosos para el negocio, el gasto que en inscripciones y personas supone el festival está muy lejos de ser una minucia.

¿Ha llegado, pues, un momento de cierta reflexión? Seguramente algunas agencias y grupos, estos sobre todo, por las implicaciones financieras que tiene, se replanteen el cuánto y el cómo de su presencia en Cannes, aunque no parece arriesgado asegurar que el certamen mantiene bastante intacta su reputación en cuanto que competición exigente y muestrario de la mejor creatividad mundial. Los organizadores, por su parte, deberán analizar con cuidado a quién quieren atender con su evento y cuál es el mejor modo de hacerlo, y qué propósito tiene su certamen; y obrar en consecuencia, lógicamente. No es previsible que comentan la torpeza de frustrar o molestar a un cliente como las agencias que, si bien puede tener quejas, en principio está muy predispuesto a favor de la marca.

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