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‘¿Sueñan los androides con leones eléctricos?’. Un artículo de Carlos Sanz de Andino

De los Mad men a los Math men, éste era el futuro que presagiaba hace pocos años Sir Martin Sorrell, como el que traza con tiralíneas la ruta inapelable que lleva desde A hasta B. Algunos marketinianos le dieron otra vuelta de tuerca, y lo plantearon como una batalla: Mad men versus Math men, Don Drapper contra el Big Data, el hombre contra la máquina… y anticiparon el mismo funesto desenlace que en aquel duelo ajedrecístico entre Kasparov y Deep Blue, el ingenio que doblegó al genio.

¿Pero estamos de verdad ante una sustitución tan drástica de modelos? ¿Existe esa guerra sin cuartel que alientan algunos? Yo siempre defiendo que las nuevas disciplinas y herramientas no necesariamente matan lo anterior, más frecuentemente se suman y complican el mix. Los datos, las mediciones, las analíticas, forman ya parte de nuestras vidas, y creo que lo inteligente es no solo aceptarlo, sino darles la bienvenida: y no una del tipo “¡qué remedio!”, sino invitándoles honestamente a participar en el proceso creativo. ¿Qué digo, invitándoles? ¡Exigiéndoles! Ahora comparto ideas creativas constantemente con matemáticos e ingenieros, nos sentamos en reuniones enriquecedoras en las que números y conceptos se mezclan, datos y campañas se rozan, locura y razón pura se ponen de acuerdo. Todos aprendemos de todos, nos respetamos, y nos valoramos. El propio Sorrell matizó posteriormente sus palabras, y ensalzó la vigencia de la creatividad, y no solo en el departamento que lleva ese nombre, sino en todas las áreas de la comunicación. No puedo estar más de acuerdo. La creatividad no es una profesión, es una forma de mirar, y cuantos más miremos así en agencias y clientes, mucho mejor. Ese futuro llegó, y los Math men no sustituyeron a los Mad men, y tampoco se convirtieron en enemigo, sino en aliado. Yo lo creo así, aunque como decía el Juan de Mairena de Machado: “Que dos y dos son cuatro, es una opinión que muchos compartimos, pero si alguien sinceramente piensa otra cosa, que lo diga: aquí no nos asombramos de nada.”

El caso es que el futuro sigue llegando incansablemente. Recientemente, coincidiendo con el EVAU (antigua selectividad), me llamó la atención una entrevista a un rector universitario. El entrevistador se asombraba de que, hoy, la carrera que exige más nota fuera Matemáticas. El docente explicó que la explosión de tecnologías asociadas a datos provocaba una gran demanda. Entonces –dedujo el entrevistador- si es la carrera con más futuro, es la que hay que recomendar a los jóvenes. El profesor se quedó pensativo, y finalmente respondió que se sentía incapaz de recomendar nada. Aconsejaba a los jóvenes estudiar lo que quisieran, pero sobre todo les aconsejaba abrir sus mentes y prepararse para lo que viniera después. Añadió: “Hoy, en las universidades, no podemos garantizar las enseñanzas profesionales que se demandarán en el futuro… porque la mayoría de esas profesiones aún no se han inventado”.

Y mientras tanto, en algún lugar cerca de la playa de Santa Monica, una empresa llamada Hanson Robotics avanza cada día un poquito más en Sophie, un robot que físicamente se inspira en Audrey Hepburn y que pretende ser capaz de razonar de forma autónoma, contar chistes, conversar… Los resultados son asombrosos, aunque todavía Audrey Hepburn sigue siendo insustituible y la inteligencia humana también. ¿Pero hasta donde es capaz de llegar la tecnología? ¿Inventarán máquinas capaces no solo de deducir, sino de crear al mismo nivel que el ser humano? ¿Habrá algún día robots creativos en las agencias? ¿Soñarán algún día los androides con leones eléctricos?

Como decía el profesor, mantengamos las mentes abiertas a lo que venga después.

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