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‘El instante decisivo’. Un artículo de Carlos Sanz de Andino

Henri Cartier-Bresson, uno de los padres del fotoperiodismo, acuñó uno de los conceptos más influyentes en la historia de la fotografía: l´instant decisif, el instante decisivo. Poéticamente, el fotógrafo francés lo definió como “captar la vida en flagrante delito”.

Artísticamente, consiste en capturar un momento fugaz que pasa desapercibido al ojo humano, un instante que sin la intervención de la cámara se hubiese perdido y que, sin embargo, una vez atrapado, es capaz de revelar por sí mismo el flujo de la vida. A menudo se confunde el instante decisivo con el tino de apretar el obturador en el momento adecuado, pero es incompleto, ese oportunismo debe acompañarse con algo vital para el resultado: el sentido dramático. La foto debe ser capaz de relatar por sí sola todo lo que ha sucedido antes y todo lo que sucederá después, debe poner en marcha la película de la acción completa en nuestra imaginación, e incluso provocarnos inquietudes que nos hagan identificarnos con el protagonista: ¿qué ocurrirá ahora? ¿logrará el señor atravesar el charco o se empapará irremisiblemente? Cartier-Bresson decía que no le interesaba la fotografía, sino la vida; y añadía: el fotógrafo no puede limitarse a ser un espectador pasivo, no puede ser realmente lúcido si no está implicado en el acontecimiento.

La idea que inspira el instante decisivo funciona también en nuestro trabajo de comunicación. Gran parte de lo que hacemos está orientado a capturar ese momento preciso que concentra el flujo de la vida. Y puede adoptar muchas formas: un concepto que en pocas palabras atrapa una emoción relevante; una campaña que nos conecta, como un espejo, con alguna vivencia en la que reflejarse; una pequeña pieza que de un vistazo nos despierta ganas de saber más… Y, como el fotógrafo, el comunicador no puede ser tampoco un creador lejano, porque solo cuando te implicas con honestidad en la vida de aquellos a quienes te diriges puedes conseguir un mensaje creíble.

Y tanto si son conceptos, campañas o piezas, hay que armarse de paciencia antes de conformarse. Rebuscar hasta hallar la expresión exacta es la clave del éxito. “La diferencia entre una buena fotografía y una fotografía mediocre es cuestión de milímetros, de ‘pequeñas, pequeñas’ diferencias” dice Cartier-Bresson. En comunicación, la diferencia entre lograr conectar o no también se puede medir en milímetros.

El momento exacto

Pero la paciencia tampoco es suficiente. Mi hermana me confesaba hace poco que cuando era pequeña y veía una película se maravillaba de la suerte que tenía el cámara de estar ahí siempre, en el momento exacto en que sucedía la acción, cuando el protagonista soltaba la frase, en el instante del puñetazo o agazapado para retratar el beso final. La buena magia es la que tiene la pericia de pasar desapercibida y de confundirse con la realidad, pero para que suceda hay que prepararla mucho. Cualquiera que haya rodado un spot sabe la planificación que lleva cada plano y las horas de implicación de tantos profesionales para conseguir apenas unos segundos. Siempre que un cliente viene a un rodaje por primera vez se asombra de la cantidad de gente que está implicada. Habitualmente, en nuestra profesión, el instante decisivo no nos está esperando dócilmente a la vuelta de la esquina. Hay que sudar mucho para que aparezca, y raramente lo hace a la primera o a la segunda. Hay que fracasar e insistir. Y en los momentos de flaqueza, tener presente que el propio Cartier-Bresson también pasó por ellos, y que en previsión nos dejó un recordatorio para no desesperar y seguir intentándolo siempre: Recuerda que tus primeras diez mil fotografías son tus peores fotografías.

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