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‘Trinos’. Un artículo de Carlos Holemans

No es desconocida del todo la historia del hijo del premio Nobel de literatura Kenzaburo Oe.

Cuando nació, el pequeño Hikari Oe presentaba una hidrocefalia gravísima, que hacía su supervivencia muy improbable. El bebé fue operado a vida o muerte y, gracias a la pericia de los cirujanos, se consiguió eliminar una letal acumulación de líquido aprisionado entre su cráneo y su cerebro. La vida del pequeño se salvó. Sin embargo, las consecuencias de la operación fueron pavorosas. Hikari iba a sufrir de por vida discapacidad intelectual, ceguera parcial, epilepsia y autismo.

Es imposible concebir la angustia y la desolación que el matrimonio Oe debió sufrir cuando recién iniciaban la crianza de su hijo. Ese momento que ellos habían imaginado como el más dichoso de su existencia y que, muy al contrario, iba a provocar un indecible sufrimiento de por vida a toda la familia.

La abnegación, el amor incondicional y la entrega sin medida que Kenzaburo Oe y su mujer, la artista Yukari Itami, demostraron ante tal trance vital nos hablan de un hombre y de una mujer excepcionales y admirables, por razones aún más grandes que sus gigantescos méritos literarios y artísticos.

Hikari crecía rodeado de atención y amorosos cuidados. Sin embargo, su aislamiento del mundo y su incapacidad para comunicarse resultaban descorazonadores.

Un día providencial, sin embargo, Yakari y Kenzaburo observaron que su hijo reaccionaba a un estímulo exterior. El humilde canto de un pájaro pareció despertar algo parecido a un destello de felicidad en su interior. Aquel trino le hizo sonreír por primera vez.

El matrimonio Oe tuvo entonces una idea brillante. Corrieron a adquirir discos de cantos de aves. Eran, en realidad, obras de consulta para ornitólogos, que las utilizaban para identificar por la voz especies de aves cuyo aspecto externo era tan parecido que las hacía indistinguibles. En los discos, una locutora decía el nombre del pájaro en japonés y su taxón científico en latín, y a continuación se reproducía el trino del pájaro.

Hikari Oe se entusiasmó con las voces, los gorjeos, los reclamos, las alarmas, los chirridos, los graznidos y los cantos de los pájaros de un modo que nadie podía haber previsto. En realidad, el niño acababa de establecer su primera relación de amistad con unos seres fascinantes a los que no podía ver, pero cuyo nombre era anunciado cada vez que comenzaba su charlatanería: ahora melodiosos, ahora gárrulos, a veces puros chillidos en los que estallaba la vida.

Pasado un tiempo, los tres miembros de la familia se fueron de vacaciones. Eligieron un paraje natural de tal belleza que bien podría haber decorado un biombo de papel de arroz. Kenzaburo llevó a su hijo a dar un paseo en bicicleta junto a unas lagunas, bordeadas de cañaverales, que bullían de vida.

Aves acuáticas, libélulas, mariposas, patos y cisnes les daban la bienvenida con sus vuelos y sus reclamos. Y entonces, desde la oscuridad fangosa de las raíces de unos juncos, entre el chapoteo del agua, se escuchó un potente y repetitivo silbido metálico in crescendo, muy profundo, como salido del centro de la Tierra.

En ese preciso momento, en ese precioso momento, Hikari pronunció las primeras palabras de su vida.

-Rascón. Rallus indicus.

La voz de un rascón, un ave huidiza, muy tímida, que se deja ver raramente, había llegado nítidamente a los oídos de Hikari desde la cenagosa profundidad de un cañaveral. Y su cerebro, que no se parecía al de ningún otro niño, leyó, como en un libro abierto, el nombre del autor de ese canto.

Era la primera vez que utilizaba el lenguaje para comunicarse con otro ser humano. Kenzaburo, que años más tarde ganaría el Nobel de literatura por su maestría para dibujar con palabras las emociones humanas, recibió aquel humilde nombre, rascón, como un Halleluya celestial. Hikari le había hablado por primera vez en su vida.

Le había dicho a su padre el nombre de uno de sus invisibles amigos.

Kenzaburo y Yakari comenzaron a partir de ese día un juego que al niño le divertía sobremanera y que a ellos, sus padres, les inundaba de lágrimas y de felicidad. Pusieron los discos ornitológicos e Hikari supo nombrar a todas las aves que escuchaba y que alegraban su alma. Un niño poniendo nombre, por primera vez, a cada pájaro convertía a Kenzaburo en Adán y a Yakari en

Eva. En la casa de los Oe se había reencarnado el paraíso.

Después de los pájaros, Hikari Oe descubrió la música clásica y su alma se abrió de par en par.

Comenzó a expresarse como un ser humano adulto a través de la melodía. En 1992 grabó su primer disco de música clásica y el propio Rostropovich dirigió una de sus obras en un concierto en Japón.

Hay dos razones por las que esta historia me toca de cerca. La primera es que yo mismo fui un niño enfermo, con una cardiopatía que me postró durante meses en cama. Una jaulita con jilgueros que mis padres me compraron para que me acompañaran hizo que, años más tarde, me convirtiera en ornitólogo. El vínculo que creé con esos amigos emplumados en cuyos ojos negros yo veía mi reflejo aún pervive hoy.

La segunda razón es que sé que nada conmueve como la emoción, que lo que más transforma tu pensamiento es el disfrute de lo que amas. El pensamiento racional, la ciencia, es capaz de salvar a un niño de la hidrocefalia, pero lo que le convierte en humano es un chispazo de belleza, un destello de emoción, la caricia de un gorjeo.

Tengámoslo bien presente la próxima vez que pensemos en crear la voz de una marca. Recibiremos cientos de páginas describiendo productos, categorías, competidores, targets y cuotas de mercado. Pero ni una sola que nos diga lo que la gente va a sentir con la marca. Esa página, precisamente ésa, es la que tendremos que escribir nosotros.

[Nota: gracias a @sbernues y @hombrerevenido por descubrirme esta historia en Twitter y autorizarme a escribir sobre ella]

  HOLEMANS

Ilustración: Jordi Carreras

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