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‘El sexo de las palabras (y los palabros)’. Un artículo de Carlos Sanz de Andino

Las palabras no tienen sexo, tienen género, que es una convención gramatical para ordenar el lenguaje. Vamos, que una palabra –sea femenina o masculina- carece de gónadas, inclinación sexual u órganos reproductores… aunque últimamente sea frecuente toparse con algunas que tienen huevos.

Antes de seguir quiero manifestar mi respeto a los votantes azules, rojos, naranjas, morados o lapislázulis. Aclaro que me apunto entusiasta detrás de todas las pancartas pro-igualdad y a los movimientos Time´s up y #metoo. Y, sobre todo, quiero establecer que escribo desde el enfoque -apolítico y asexuado- de quien simplemente ama la lengua y piensa que no debería corromperse por los intereses de ningún grupo. Los que han trabajado conmigo saben cómo me afectan las faltas de ortografía al hígado y el desasosiego que me produce una tilde ausente. Qué le voy a hacer, soy de esos que se compra libros sobre el uso correcto de las comas y encima los disfruta.

En nuestra lengua hay cinco géneros: femenino, masculino, común, epiceno y ambiguo. Son términos gramaticales, no seres vivos. ¿Alguien ha visto alguna vez un epiceno por la calle? Pues eso. Habrá visto una tortuga macho o una tortuga hembra, pero nunca un epiceno. Es más probable cruzarse con un cronopio o una fama que con un tortugo: ¡el diccionario lo prohíbe terminantemente!

El género común va de compartir –eso que los padres enseñan a los niños-, y se aplica a sustantivos que comparten terminación y delegan en el artículo el género del sujeto. Son palabras conflictivas, porque siempre surge quien en vez de “la testigo” tiene la imperiosa necesidad de decir “la testiga”, con una A bien grande para denunciar que el género común es una nueva tropelía machista. Es lógico suponer que esa misma persona reivindicará “periodisto” con igual urgencia ¿no? Ya, que no.

No puedo evitar rendir homenaje a un palabro reciente, portavoza, que me parece especialmente audaz. Portavoz está compuesto por el verbo portar y el sustantivo voz. Pero voz YA ES una palabra femenina –la voz-, así que si ahora incorporamos voza ¿qué acabamos de inventar? ¡El género pluscuamfemenino! Es brillante, ¿no creen? Yo tampoco.

Por cierto, ¿antes dije padres? ¡Ay! Debería haber dicho padres y madres. Perdón. ¡Y niños y niñas!… Porque ahora todo hay que decirlo dos veces, ¿verdad? Mentira. En castellano, como en tantas lenguas, se usa la forma masculina como género no marcado, para englobar a todos los sujetos de una generalización. La duplicación recurrente es un mal uso de la lengua que va contra uno de sus principios básicos: la simplificación. No es sexismo, es pura economía del lenguaje. Nosotros deberíamos saber de esto, con lo que nos cuesta que todo quepa en veinte segundos.

Todos cometemos errores, pero una cosa es equivocarse sin querer, otra muy distinta es decirlo mal a propósito, y luego está el sobresaliente cum laude del dislate, que es afirmar, con la barbilla alta y el índice apuntando al cielo, que los equivocadísimos son los demás: Lázaro Carreter, María Moliner, la RAE y todos esos que buscan oprimirnos con una gramática socialmente insensible. La lengua está viva y evoluciona constantemente, muchas palabras que definen profesiones se acuñaron cuando las ejercían solo hombres: juez, médico… y sin embargo hoy se usan con naturalidad jueza y médica. Tiene sentido, es positivo, enriquece la lengua y se adapta a los tiempos. Pero cuando la evolución se retuerce, proviene de complejos, postureos, obsesiones o simplemente se esgrime como bandera, deja de ser evolución natural y se convierte en manipulación genética, y puede llevarnos a convertir nuestra querida lengua en un esperpento. O lo que sería aún más grave, en una esperpenta.

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