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‘El algoritmo mató a John Wayne’. Un artículo de Carlos Sanz de Andino

El dichoso algoritmo alardea de saberlo todo de mí, lo cual me fascina porque ni yo mismo presumo de conocerme tanto: estoy por quedar un día con él para que me amplíe. Lo cierto es que él tiene almacenados todos mis datos y yo en cambio soy muy distraído y voy por ahí perdiéndolo todo. Me lo imagino como un tipo delgado y ojeroso, tomando notas sin parar -no en una libreta, claro, sino en una calculadora-, aprendiéndome cada día un poquito más; supongo que él, en cambio, me verá a mí como una ristra de numeritos verdes cayendo en cascada, a lo Matrix, cada vez más predecible y manipulable. El algoritmo siempre adivina qué música me gusta, qué noticias me interesan (y con qué enfoque), qué publicidad me atañe, qué mercancías es imperioso que adquiera, qué serie no me puedo perder y qué posts de mis contactos es imprescindible que vea. El tío se las sabe todas. O los tíos.

Porque está el algoritmo de Facebook, el de Google, el de Spotify, el de Amazon… Todos multiplicándose como el señor Smith acorralando a Neo. Por ejemplo, Netflix tiene casi cien matemáticos, ingenieros de software y especialistas en estadística cuya única misión es mejorar los algoritmos para personalizar aún más las sugerencias. Un algoritmo escudriña lo que vi anoche, otro lo cruza con lo que vieron miles de usuarios similares y el resultado es una recomendación que se ajusta a mis gustos como la lisonja al oído del vanidoso. Y después, gracias a la información que le sopla esta legión de guarismos inteligentes, producirá todavía más series y películas que me harán tan feliz que querré instalarme avivir en la plataforma para siempre, como si fuera el protagonista de un episodio de Black mirror. O como

Pinocho en su parque de atracciones, sin relacionar ese cosquilleo en el cogote con el crecimiento de las orejas de burro, y es que el algoritmo te libera de pensar porque ya lo trae todo pensado de casa.

Hablando de casa, de pequeño en la mía, los sábados, yo no elegía qué ver, ponía Sesión de tarde y me tragaba lo que echaban. Muchas veces hubiera escogido otra cosa, pero me veía abocado a ver Mujercitas, Gunga din, Desayuno con diamantes o Río Bravo… Y sucedió que, inesperadamente, todas esas historias que no tenían nada que ver con mis gustos de entonces fueron poco a poco enriqueciendo mis gustos del futuro. No sé, creo que si aquella caja no hubiera sido boba y me hubiera dado siempre lo que le pedía, hoy el bobo sería yo. El riesgo de que el algoritmo te dé solo lo que te gusta es que te acabe gustando solo lo que te da el algoritmo.

El caso es que en mi vida no busco solo que me reafirmen en lo que pienso. Quiero también que reten mis creencias, que me hagan hacerme preguntas, que me descubran cosas y que abran mis intereses… No quiero que me den la razón siempre ni que intenten modelarme en base a grupos estadísticamente afines.

No es que crea que los algoritmos son unos indeseables, al contrario, pienso que mejoran mucho la experiencia de usuario. Mi reflexión es que tal vez convenga no dejar todo el trabajo en sus manos.

Hoy, el algoritmo ha desenfundado más rápido que John Wayne y le ha metido tres balazos sin pestañear. Y ahí está el pobre, derramando sangre y whisky por cada agujero. Se busca médico entre los presentes. Y ya que estamos, se buscan héroes que venzan la pereza, y que desafíen al algoritmo para salvar a Gregory Peck, Audrey Hepburn o Billy Wilder de una muerte anunciada. ¿Algún valiente en la sala?

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