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‘El objetor’. Un artículo de Antonio Pacheco

Quizá ya les he hablado de esto. Cuando nos hacemos mayores tendemos a repetir los mismos chistes una y otra vez, mientras nuestros sufridos interlocutores esbozan una sonrisa a media asta y nos observan con una expresión facial condescendiente a medio camino entre “pobre, está viejuno total, esto ya me lo ha contado tropecientas veces” y “no puedo más, no hay quien le aguante, siempre las mismas gracias en modo Día de la Marmota”.

Pero, bueno, vamos a por la posible repetición, simplemente porque me viene bien para comenzar la columna. Uno de mis grandes proyectos vitales consistía en comenzar un año cualquiera en modo consumista total. Es decir, como siempre. Y después, ir haciéndome objetor de conciencia publicitario, para cesar en el consumo de aquellas marcas cuyos impactos publicitarios ofenden a mi intelecto de creativo de ex-postín. Es decir, si veo un anuncio en la tele que no me gusta, producto que dejo de comprar. Banner que me molesta en mi diario digital de confianza, marca que es vetada. Product placement exagerado en reality de referencia, baneo al canto. Y así, durante 365 días. La idea era documentarlo todo estilo Morgan Spurlock y observar cómo esta política acababa conduciéndome hacia el anacoretismo, o no. ¿Qué marcas sobrevivirían al desafío de solo realizar comunicación de calidad? ¿Debería ser yo mismo el jurado de esa calidad o tal vez sería mejor someterlo en tiempo real al acertado juicio de las sensatas redes sociales? ¿Si TODAS las empresas productoras de palmeras de chocolate insisten en realizar campañas lamentables, debería pasarme a las bambas de crema? ¿No parecería, en realidad, que todo esto formaría parte de un plan de Mercadona para promocionar la conversión al hacendadismo? Evidentemente, la pelea entre Netflix y HBO por hacerse con los derechos de reproducción de tan magna obra se prometía encarnizada, pero lo cierto es que ni siquiera le di forma de blog para intentar colocárselo al director de esta publicación, el Sr. De Luque, que se tiene el cielo ganado por aguantar mis tonterías.

Quizás porque, va con mi carácter, esto me lo tomaba por la parte frívola. Mi idea original consistía en comenzar vetando, por ejemplo, a cualquier marca que utilice a Pepe Domingo Castaño y/o a José Antonio Ponseti como vehículo para sus menciones publicitarias. Siguiendo en el medio radio, Canalcar, por supuesto. Después, a las que cultiven perfiles sociales tipo “¡hola, holita! venga, ánimo, que hoy ya es juernes ;) ;) ;)”. Y continuar con las que esponsoricen a infuencers por el mero hecho de su pretendida influencia, permitiendo unos stories lamentables.

Esto último me parece lo más penoso en términos de calidad del contenido publicitario. En mi opinión, las marcas están financiando a losers muy por encima de sus posibilidades.

Pero con el advenimiento de las fake news y de los populismos bidireccionales, el tema se ha vuelto mucho más serio. Dónde pongamos la pasta está comenzando a decir mucho de nosotros, y mucho más que va a decir. Porque, aunque nos movamos con la pretendida neutralidad que nos da el buscar simplemente nuestro mejor target, los anunciantes tienen el poder de decidir a quién financian: a qué tipo de programas, a qué contenidos, a qué influencers, a qué canales. Y en un mundo que se rige por la hipertransparencia, las posibilidades de veto a las marcas por su manera de actuar se hipermultiplica.

No es fácil ser marca cuando la sociedad te exige que hagas el bien pero, como tienes que vender, resulta complicadísimo escapar de hacer el mal y patrocinar -aunque solo sea en forma de tópico spot publicitario en medio de una interminable tanda- esos espacios polémicos. Que lo son para unos y no para otros.

Así que dejaremos El Objetor para cuando se aclare un poco el panorama. Que va a ser nunca.

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