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‘Tiranos por excelencia’. Un artículo de Carlos Tribiño

“No tengo miedo de un ejército de leones dirigido por una oveja. Tengo miedo de un ejército de ovejas dirigido por un león.” Alejandro Magno

Personalmente, a mí lo que más miedo me da es la correlación entre la tiranía del liderazgo y la excelencia que consigue. Como profesionales en cualquier sector, todos hemos criticado a líderes o sido criticados como tal por ser demasiado flojos, poco motivadores, sobreexigentes, abusivos o una larga lista de adjetivos incluyendo auténticos tiranos. Sin duda mucho se ha escrito sobre esta materia. Pero ¿existe una correlación entre la tiranía y la excelencia? Y más aún ¿estamos dispuestos a pagar cualquier precio por la excelencia? Si miramos ejemplos tanto históricos como recientes, ambas preguntas se pueden responder con un rotundo ¡sí!

Actualmente, en EEUU se está hablando mucho sobre Amy Klobuchar, senadora de Minnesota quien se acaba de postular a la candidatura demócrata para la presidencia de EEUU en 2020, con una carrera política de la talla de los más grandes que habitaron la Casa Blanca. Esto ha generado controversia entre sus admiradores y aquellos que la acusan de tiranía, maltrato y comentarios degradantes para con son sus empleados.

Pero Klobuchar no está sola; hagamos un poco de memoria… Jack Welch, uno de los líderes más célebres del siglo XX, gurú de la gestión empresarial donde los haya, tomó las riendas de General Electric en 1981 y en veinte años la hizo crecer un 4.000%. Se dice pronto. A un monstruo de multinacional que pocos podrían mover apenas un dígito, Welch la hizo crecer a ritmo de start up. ¿Cuál fue una de sus estrategias claves? Deshacerse, sin el más mínimo remordimiento, de unos 100,000 empleados en los primeros años, lo que le ganó el sobrenombre de Neutron Jack.

Steve Jobs sacó a Apple de la bancarrota, reinventando las industrias de la informática, la telefonía móvil y la música en el camino y convirtiéndola en la primera empresa estadounidense en traspasar la barrera del billón de dólares en cotización bursátil. Nunca conocí a Jobs, pero en mis seis años en TBWA trabajé de cerca con parte de su equipo, quienes corroboraron las leyendas de tiranía y humillación que tenía con quienes lo rodeaban.

Henry Ford, creador de la industria del automóvil, era terco, conflictivo y paranoico al extremo que contrataba espías para que le informen sobre el comportamiento de sus empleados. Su estilo de gestión era la principal causa de los problemas de la empresa, entre ellos una rotación de empleados del 50%.

George Steinbrenner no sólo hizo a los New York Yankees el equipo más ganador de la historia del béisbol, con siete títulos durante su reinado, sino que cambió la competición consiguiendo elevar los sueldos de los jugadores en toda la liga. Sin embargo, era famoso por insultar a sus jugadores y echar a sus empleados sin pestañear. Solía decir que “ganar es lo más importante, después de respirar”.

Curiosamente, en ninguno de estos casos vemos un abuso de poder en servicio de la corrupción ni el beneficio propio. El abuso y los malos tratos de estos líderes está motivado solo por la excelencia, y efectivamente excelencia es lo que consiguieron. Los seres humanos no somos perfectos y estos líderes buscan la perfección. Son obsesivos, tercos y están determinados en conseguirla. No muestran tolerancia por la mediocridad ni el conformismo. Son irrespetuosos con las necesidades o sentimientos de los demás, ya que nada es más importante que lograr su excelencia. Y es así como la logran.

Y curiosamente la mayoría de mortales entre nosotros, aunque podemos estar muy en desacuerdo con sus prácticas, no obstante aspiramos a invertir en General Electric, trabajar en Apple, votar a Klobuchar o ver un partido de los Yankees. Porque la excelencia genera deseo, admiración y dinero, mucho dinero.

La tiranía no es requisito para la excelencia, pero como líderes o futuros líderes, nos deja mucho que pensar sobre su efectividad en conseguirla. No para ejercerla, sino para aprender a conseguir resultados sin recurrir a ella.

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