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‘Temporada de Grinch’. Un artículo de Carlos Sanz de Andino

Ya están aquí los anuncios de Navidad. De pequeño formaban parte de mi banda sonora navideña tanto o más que los villancicos. Todos aquellos jingles pegadizos se arrebujaron para siempre en mi memoria, y al desperezarse cada año en las mismas fechas se convertían en la señal definitiva de que la Navidad había regresado. El loboo, qué gran turrón… turrón de chocolate que sabe a Navidad, turrón de Suchaaard… y por supuesto, vuelvee, a casa vueeelve, por Navidad. Cuando estudiaba tenía amigos en colegios mayores, lejos de su Galicia, su Zaragoza o su Cartagena, que me decían que cuando en la tele aparecía ese anuncio, aparecían también lagrimas en los ojos de muchos estudiantes.

Algunas de esas marcas intentaron en algún momento salirse de su propia tradición, pero tuvieron que retornar a lo que la gente esperaba de ellas. Si tienes un turrón de chocolate que sabe a Navidad y todo el mundo lo canta, para qué te lías, y Scorsese está muy bien, pero donde estén unas buenas burbujas doradas… Otras marcas sí evolucionaron, y por eso ahora las muñecas de Famosa, aunque siguen dirigiéndose al portal, han cambiado el paso, y los bigotes de Rodolfo Langostino - ¡Lleváme a casa! (léase con deje argentino y tilde en la a)- , cedieron el paso al no bigote de don Vicente.

Carlos Sanz de Andino OK

Con los años, el territorio navideño, que parecía patrimonio de unas cuantas marcas, se ha ido superpoblando. Ya es Navidad en El Corte Inglés, sí, pero también en Burger King, Leroy Merlin, Volswagen, Ikea… Y algunos nos han regalado creatividades inolvidables. Loterías, el anuncio más esperado de la temporada, nos ha dejado al calvo, a Justino y hasta a la genial Montserrat Caballé con cara de meme. Campofrío nos ha puesto delante del espejo de lo que es nuestro (con humor ácido, que también es muy nuestro). Audi nos enamoró con una muñeca que quería conducir. Los hubo que se recordarán como one hit wonders, como  Edu, y algunos debutantes lo hicieron tan bien que se colaron con desparpajo entre los grandes, como Ruavieja, sin duda el rookie de las Navidades pasadas. Y ya no solo esperamos los anuncios patrios, sino que estamos pendientes de qué historia nos contará John Lewis, y de si un pequeño dragón será digno sucesor de un grandísimo Elton John.

Mi admirado amigo y compañero de columnas, el gran Pacheco, ya observó atinadamente que las navidades se han convertido en una especie de Super Bowl para las marcas, una oportunidad que ni pintada para intentar lucirse. Claro que, en esta profesión, lo de intentar lucirse es un deporte de riesgo, porque o te luces o te dan. Por eso esta temporada navideña es una provocación constante para los Grinch publicitarios, esos seres verdes aficionados a poner igual de verde a todo lo que se menea, sean los anuncios o sus creadores. 

En esta época siempre pienso en directores de marketing poniéndose el gorro de elfo con el bañador aún mojado, y en creativos invocando su espíritu navideño en agosto, rescatando urgentemente la ropa de invierno de su armario porque el briefing amenaza ventisca. Y es que las campañas de Navidad son una gran oportunidad, pero a la vez pueden dibujar una diana en la espalda de sus responsables. Como todos, tengo mis anuncios preferidos y mi opinión sobre si tal marca me gustó más el año pasado o éste. Pero lo de llevar mucho en esto me hace ser muy respetuoso con las personas que han puesto su talento y su ilusión en intentar el mejor trabajo posible.  Creo que ese esfuerzo no se merece en ningún caso carbón. Por eso, personalmente, felicito y agradezco a todas las marcas y creativos que este año lo han dado todo para regalarnos su mejor felicitación.

Y a los Grinch les deseo feliz Navidad, que no habrá cosa que les fastidie más.

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