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‘La viralidad del miedo’. Un artículo de Carlos Sanz de Andino

Según escribo estas líneas leo que el número de afectados en España por el coronavirus es de 79 (ahora serán más), y unos 88.000 en todo el mundo. Es decir, aproximadamente, el 0,0000017% de la población española y el 0,0000011% de la población mundial. No parece demasiado, pero ha sido suficiente para suspender el Mobile World Congress, para que el COI considere no celebrar las Olimpiadas por primera vez desde la Segunda Guerra Mundial o para que el Inter y la Juve opten por jugar el partido estrella del Calcio en un estadio vacío. Y es solo un anticipo. Todos hemos visto mapas con círculos rojos expandiéndose concéntricamente, todos hemos oído la leyenda matemática del grano de maíz y el tablero de ajedrez, todos hemos sentido inquietud al saber que alguno de esos 0,000017% infectados estaba ingresado en un hospital no tan lejos de nuestra casa.

Carlos Sanz de Andino OK

Y el miedo a lo desconocido se contagia con más virulencia aún que el coronavirus. Es humano. El otro día escuchaba en la radio a un especialista que tachaba de exagerada la suspensión del MWC y sospechaba de otras razones ocultas en la decisión. Deslizando ligeramente el dial me topé con su némesis, otro especialista que defendía que solo con medidas de esta contundencia sería posible frenar la expansión. Y, en medio de esos dos supuestos especialistas, tan convencidos ellos, tan opuestos, en vez de sentirme más informado me sentí más desinformado. En vez de menos miedo, sentí más.

La comunicación en las crisis sanitarias se debe manejar –la metáfora médica me viene al pelo- con precisión quirúrgica. Transparencia, honestidad, agilidad y cualificación del emisor son claves a la hora de gestionar la alarma social y de guiar a la población. Es necesario que la gente confíe en las autoridades y en los canales de información establecidos, lo contrario solo agrava el problema.

El miedo es una sustancia muy volátil que se inflama no solo con cualquier chispa, sino con el mismo rumor de la chispa. Recomiendo buscar en Movistar+ la película Contagio, de Soderbergh, sobre un virus surgido en China (mira tú) que se propaga inevitable por el mundo. Es solo medicina ficción, algo alarmista, que para eso es una peli, pero es un ejercicio sobre psicología humana ante el pánico que no es alejado imaginar en nuestras calles. Y si no, ¿qué hacía el otro día un médico - ¡un médico! - robando trescientas mascarillas en su propio hospital? ¿Y por qué este jueves me dijo la dependienta del Mercadona que habían vendido el doble que cualquier otro jueves?

El coronavirus se transmite cada día, ferozmente, a través de WhatsApp, de Twitter, de los titulares de periódicos, de las imágenes de televisión, de los memes, de rumores de que es un arma biológica descontrolada, de conocidos de conocidos que aseguran que unos laboratorios ya tienen la cura, pero que esperan el momento adecuado para forrarse… Esta es la información que maneja la gente. Bueno, ésta y la que le proporcionan las autoridades españolas, las chinas, las iraníes, las italianas, la OMS, Trump… Una comunicación oficial nada alineada, con números confusos y criterios contradictorios, que en nada parece tranquilizar al personal.

El miedo se retroalimenta y se convierte en más miedo (como si quien aplicó por primera vez la palabra viral a la transmisión social de contenido anticipase este momento).

Los eventos se suspenden, los viajes se anulan, las fronteras se cierran, la bolsa baja, la economía retrocede… Y retrocede porque la economía no es otra cosa que gente relacionándose con gente, y ahora esa gente está asustada.

Hoy, cada uno de nosotros somos un medio de comunicación más, y no contagiar más miedo es de lo poco que está en nuestras manos. A partir de ahí, solo nos queda confiar en que lo que está en manos de otros, hallar una solución, ocurra pronto.

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