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'¿Transformaqué?'. Un artículo de Sonia Aparicio

El confinamiento y la obligación de trabajar en remoto han puesto en evidencia los agujeros por los que hace aguas el estado real de la digitalización en España. Parece mentira que sigamos hablando de transformación digital cuando ya han pasado dos décadas desde que Internet irrumpió en escena. No podemos perder esa perspectiva: quienes nacieron entonces hoy son mayores de edad.

Profesionales del sector —cuyos testimonios aparecen en este número— destacan lo evidente: que la digitalización mejora la eficiencia y la productividad, pero que no todas las personas están preparadas y que no hay transformación posible sin involucración ni compromiso individual.  

Y entonces sale a colación la manida zona de confort, un filón para psicólogos y coachs desde que el británico experto en gestión del desempeño Alasdair A. K. White acuñara el término en 2008 (en una búsqueda de Google, hoy arroja más de 62 millones de resultados). Los discursos sobre transformación y adaptación al cambio no son nuevos, constituyen la base de la competitividad y la sostenibilidad personal, social, laboral, empresarial. Quienes hayan leído a Lewis Çarroll recordarán que los habitantes del país de la Reina Roja debían correr lo más rápido posible para permanecer en el mismo sitio; y correr el doble de rápido para llegar a otro lugar. De A través del espejo y lo que Alicia encontró allí (1871) tomaron prestado el término (hipótesis de la Reina Roja) los biólogos que a partir de los años 70 del siglo pasado formularon las teorías evolutivas modernas. Nada nuevo bajo el sol.

El Boletín Oficial del Estado fue pionero, en 1994, en su digitalización, y a partir de esa fecha empezaron a asomar la patita algunas cabeceras: Anuncios fue la primera revista española en tener página web, en 1996. Es el año 2000 el que marca un despegue de los medios digitales, que empiezan a ofrecer noticias que se actualizan en tiempo real, cuando no teníamos una concepción del tiempo tan vertiginosa como hoy y aún no había banda ancha ni grandes velocidades que permitieran subir un simple vídeo. En algunas hemerotecas digitales los más curiosos podrán encontrar esas primitivas páginas webs, testimonio gráfico imperdible de los primeros años de una nueva era que arrancaba casi sin avisar.

A partir de ahí, todo fue evolución imparable: mejora de las infraestructuras telefónicas, proliferación de webs, blogs, teléfonos móviles cada vez más inteligentes, redes sociales... Todavía en 2015 se escuchaba en algunos foros profesionales aquel anacronismo de “Internet es el futuro”, cuando la gran red de redes ya se había hecho presente un lustro atrás. Dos realidades paralelas  que reflejan las dos velocidades que, desde el inicio, han marcado la evolución hacia lo inevitable. Unos trasteando desde el primer momento en el nuevo mundo digital; otros, asentados en las estructuras y los procesos establecidos, los que siempre habían funcionado, ¿para qué cambiar/evolucionar/transformar? “El despotismo de la costumbre es en todos los sitios un obstáculo permanente del progreso humano”, decía John Stuart Mill en el siglo XIX.

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España se encuentra ya inmersa en la cuarta revolución basada en la digitalización y en los datos, según el informe Sociedad Digital en España 2019 (#sdiE19), la penetración de Internet supera el 90% y el 75% de los hogares ya tiene fibra óptica. Pero la digitalización no es uniforme. Hay dos velocidades. O tres. El mismo informe destaca que es necesaria una aceleración de la digitalización, sobre todo de pymes y autónomos, y una mayor formación digital de las personas. Y añade, tajante: son los dos factores clave para reactivar la economía y generar empleo tras la COVID-19.

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