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'Existir'. Artículo de Toni Segarra

Hace ya mucho, cuando empezaba a trabajar en esto, montamos con mi hermano Paco (mi primer maestro, mi primer jefe) un pequeño estudio. Lo llamamos La Compañía de Estructuras Mentales Desmontables Vinizius (Vinizius era yo, que en esa época estaba muy pesadito con la bossa nova). Mi socio, Luis Cuesta, me recuerda a menudo que hoy ese nombre serviría para definir el modelo de agencia de nuestros tiempos confusos. Quizá, quién sabe.

Éramos jóvenes, teníamos la desfachatez y la insolencia de los jóvenes (la estupidez también). Había dos mundos: el viejo, que no servía ya para nada, y el que nos habíamos inventado nosotros, que era el que molaba. Mirábamos hacia Alemania, donde nadie miraba, a GGK. Les copiábamos descaradamente. Y nos creíamos muy diferentes por eso. En fin, nada que no sea lo normal a esa edad. Una arrogancia tonta que se te va pasando en cuanto te pones a trabajar en serio y descubres tu pequeñez.

Del mundo viejo sólo algo no era negociable: había que salir en Anuncios. Si no salías allí, no eras nadie, no existías. No sé cómo, pero estábamos suscritos a la revista que nos explicaba lo que pasaba en el oficio, y decidía quién era quién, y la estudiábamos con ansiedad. Secretamente, anhelábamos ser un día los protagonistas de la portada.

Así que cuando tocó promocionar el estudio, explicar al mundo que habíamos llegado, que aquí estaba la revolución, no dudamos en utilizar Anuncios. No sé de dónde sacamos el dinero, pero contratamos algún espacio en algunos números.

Sentíamos tanta necesidad de ser percibidos como parte de la revista, que lo que hicimos fue inventar unos supuestos artículos de opinión que hablaban de nosotros. Los diseñamos de modo que pudieran parecer contenido auténtico, aunque es verdad que como contenido eran muy raros. Uno hablaba del origen legendario del tal Vinizius (o sea, yo), al parecer descendiente de una saga aristocrática cuyo escudo de armas era un pato rojo, todo ello a propósito de la supuesta curiosidad general sobre su identidad misteriosa (que nosotros habíamos exagerado a raíz de algún comentario vagamente interesado). El texto destilaba una arrogancia que hoy me ruboriza, y estaba pésimamente escrito. El otro proponía un nuevo modelo de investigación de mercado, el Vilebo (Vinizius Level Benefit Order) basado en la presunción de que lo importante era concentrarse en el público no interesado en el producto a vender (el contratarget), porque la iconografía de las campañas que supuestamente no les interesaban podían deformar su percepción, o algo así. El asunto era criticar desde cierta extraña ironía lo que como jóvenes transgresores nos parecía una servidumbre inaceptable: los pretests.

Como era de esperar, los anuncios no provocaron la menor reacción. Ignoro si alguien los leyó, pero en todo caso quien lo hiciera no debió entender nada. Nosotros nos refugiamos en esa incomprensión para reafirmarnos en nuestro desprecio hacia una élite agotada que era incapaz de percibir el nuevo lenguaje. O peor, que dándose cuenta de la irresistible frescura que esos tipos representaban, nos boicoteaba.

La cuestión es que, como mínimo, habíamos salido en Anuncios. Pagando, eso sí. Pero allí estábamos, junto a los grandes, en el lugar que certificaba el éxito y el honor.

Cuando se me fue pasando esa presunción adolescente, y fui ingresando de un modo natural en el oficio, mi obsesión por Anuncios no decayó. Había dos cosas que debía conseguir para ser alguien. La primera aparecer en un anuncio de doble página con un retrato de José Luis Méndez, el hombre que fotografiaba a los más grandes. La segunda y más importante, ser algún día protagonista de la portada.

A mi regreso de Contrapunto a la nueva Vizeversa, que era básicamente la misma que yo había dejado un año y medio atrás, pero con soporte multinacional, convencí a mi jefe, Félix Gárate, para publicar un anuncio en Anuncios. Creo que Félix nunca entendió mi obsesión porque fuera Méndez quien nos hiciera el retrato que ilustraba la pieza, pero aceptó. El resultado fue perfectamente olvidable, y no por culpa de una fotografía que cumplía con todas mis expectativas.

La primera portada, si no estoy equivocado, tuvo que esperar hasta la fundación de *S,C,P,F… Ahí estábamos Luis, Ignasi, Félix y yo, por fin protagonistas máximos de un número de la revista canónica. Recuerdo que, en ese momento, después de unos cuantos años de carrera, lo que me hizo sentir aquel deseo finalmente cumplido fue una extraordinaria responsabilidad: si la redacción de Anuncios había decidido que éramos noticia de portada era porque esperaban mucho de nosotros. Hicimos lo posible por estar a la altura de esa expectativa.

Años más tarde llegó internet, y la omnipresencia de esa enorme revista que nos explicaba, nos exigía y nos observaba desde nuestras mesas fue una víctima más del viento ciego e irresistible que lo ha cambiado todo.

No pretendo sonar nostálgico. Algunos de los episodios que hoy recuerdo me siguen provocando cierta vergüenza. No todo era maravilloso entonces, no todo es una triste confusión caótica hoy.

 

TONI SEGARRA_NEGRA

 

Anuncios sigue aquí. Ahora incluso escribo artículos como éste sin necesidad de pagar por ellos. Me tranquiliza pensar que, a pesar de todo y después de tanto tiempo, sigo existiendo.

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