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'Aprendedores'. Un artículo de Sonia Aparicio

Tuve la suerte de subirme a la gran ola de Internet recién estrenado el año 2000, cuando empezaba a dar sus primeros pasos la edición digital de un diario que durante muchos años fue líder de la prensa generalista en la gran red de redes. Ya casi se nos ha olvidado, pero eran tiempos de páginas web muy modestas y sencillas, limitadas en esos primeros años por la falta de experiencia y recursos de los recién nacidos y, principalmente, por un ancho de banda que hoy nos provocaría impaciencia y frustración. Las hemerotecas son tesoros inabarcables para perderse durante horas en aquellos primeros tiempos de la era digital, en los que aún no se asomaban a las webs los vídeos y formatos multimedia que hoy consumimos, casi sin límite, en cualquier momento y desde cualquier lugar.

Fue una suerte y un enorme privilegio porque todas las primeras veces tienen ese algo especial que te marca para siempre y ya nunca se olvida. Y porque, a partir de entonces, las necesidades intrínsecas del propio desarrollo y expansión de Internet generarían, día tras día, otras muchas primeras veces que exigirían constantemente nuevos planteamientos y soluciones. La ventana digital fue abriendo poco a poco posibilidades casi infinitas para la innovación en la producción de todo tipo de contenidos y la interacción con los usuarios en una autopista recién asfaltada y en continua mejora y construcción. La única manera de poder circular por el carril izquierdo era entonces y sigue siendo hoy el desaprendizaje continuo como única vía de seguir aprendiendo y evolucionar. “Cuando teníamos las respuestas, nos cambiaron las preguntas”, aseguran que dijo Mario Benedetti. Puestos a desaprender, aprovecho para comentar que la cita ni siquiera era suya. Desde la Fundación Mario Benedetti afirman que el poeta uruguayo sacó la frase de un grafiti en un muro de Quito; en una columna del diario El País, sin embargo, el periodista Juan Cruz afirmaba que quien vio aquella pintada fue el autor ecuatoriano Jorge Enrique Adoum y que este se lo contó al gran Benedetti, quien después la usó, y a partir de ahí se viralizó como si fuera suya. Moraleja: no se fíen de todo lo que arroja la primera página de búsquedas del todopoderoso y omnipresente Google (ni de las frases con firma que corren por whatsapp y las redes sociales).

Desaprender es algo que se aprende. Es actitud y aptitud. Y hay verdadero talento cuando te topas con ambas al mismo tiempo. No se trata de olvidar lo aprendido —aunque esa sea la defi nición literal que da nuestro Real Diccionario—, sino del cuestionamiento continuo de todo ello para el enriquecimiento, la mejora y la supervivencia. De los procesos. De los resultados. De las empresas. Y de las propias personas, cuerpo y alma de los procesos, de los resultados y de las empresas. El autoconocimiento y la autocrítica impulsan el afán de nuevo aprendizaje y de mejora, que surge de la motivación personal y profesional y del disfrute que se obtiene con ello. Ya no hay fórmulas magistrales, pero cada uno puede ser magistral en sus formas y maneras. El aprendizaje entendido como un fin en sí mismo y no como una herramienta. Nuestro valor profesional real ya no se mide por los logros que figuran en nuestro currículum, sino por lo que somos capaces de aprender. Desaprendiendo, la mayoría de las veces.

SONIA_ROJA

CUANDO LO OBVIO DEJA DE SERLO

Alguna vez ya he contado por aquí que tengo un hijo matemático. Su mente científica tuvo que enfrentarse en sus primeros días universitarios a la tarea de demostrar “teoremas obvios”, según sus palabras, pues en mi mente humanista y de letras mis obviedades difieren mucho de las que me plantea mi benjamín sobre cuestiones para mí tan abstractas como el infi nito o los números primos, por citar algunas de las que todos vimos en nuestra etapa escolar. Ese proceso de demostración, me dice, es en sí mismo un entrenamiento para el desaprendizaje, porque uno se da cuenta de que algo no es tan obvio y tienes que encontrar una manera rigurosa de justificarlo. No basta con decirlo porque así lo has aprendido, tienes que demostrarlo. Y en ocasiones, al intentar demostrarlo te encuentras por el camino con otra cosa distinta e inesperada. Fluye el talento. Eureka.

El mundo es de los aprendedores. De los que no se conforman. De los que no hacen algo igual dos veces. De los que saben que no se puede circular con el piloto automático. De los que aunque puedan hacerlo, se niegan a ello. Como en el país de la Reina Roja que ya dibujó Lewis Carroll en el siglo XIX, hay que correr lo más rápido posible para poder quedarse en el mismo sitio. Y solo el que corre el doble de rápido consigue llegar a un lugar diferente. Con razón le llamó después el país de las maravillas…

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