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‘¡‘Vade retro, fakecom’!’. Un artículo de Sonia Aparicio

Andamos escandalizados con la posverdad y las fakenews, pero poco hablamos de la fakecom. De la evidente y de la que no lo es tanto. Y una y otra contribuyen en estos tiempos de ruido y confusión al descrédito de la comunicación —publicidad y marketing incluidas, como disciplinas al servicio de aquella— y de los grandes profesionales que cada día engrandecen este sector, con su talento y creatividad al servicio de un objetivo tan lícito como necesario: vender; vender hoy más que ayer pero menos que mañana. Porque crecer cada día en ventas, de un producto, de un servicio, de la imagen propia o de una idea, es la única manera de garantizar la sostenibilidad de autónomos y empresas y, por ende —disculpen el Perogrullo— de los puestos de trabajo, de la economía familiar, de la vida, al fin y al cabo, tal y como la tenemos montada en esta sociedad de consumo que colapsa cuando un virus nos confina y paraliza toda actividad no esencial. Que levante la mano quien crea que no vende nada.

No necesitas ser una empresa. Hasta el trabajador asalariado vende a su empleador su profesionalidad y buen hacer. Somos, todos y cada uno, publicidad andante para nuestras respectivas y particulares audiencias. Incluso en nuestros círculos sociales y familiares nos esforzamos cada día en mostrar a diestro y siniestro nuestro mejor perfil. Dice nuestro real diccionario que la posverdad es “la distorsión deliberada de una realidad, que manipula creencias y emociones con el fi n de influir en la opinión pública y en actitudes sociales”. El concepto, que ya existía como tal, se coló en nuestro vocabulario de cabecera a raíz del Breixit y el triunfo de Trump. Palabra del año en 2016, dijo Oxford. Amén. Y aquí andamos muchos periodistas y profesionales de la comunicación defendiendo nuestra realidad sin distorsión ni manipulación, a trancas y barrancas, en la marea continua que mete en el mismo saco lo real y lo fake.

Las malas prácticas generan descrédito generalizado e injustificado —ya saben eso de justos por pecadores—, sobre todo en estos tiempos en que se dispara con todo tipo de balas y en cualquier dirección. También es mala praxis el uso desmedido e injustificado. La RSC se banaliza cuando todo hijo de vecino se sube al carro de la sostenibilidad. El propósito de las marcas se desvirtúa cuando se anuncia a bombo y platillo porque hay más interés en contarlo que en ejecutarlo de verdad. Nos han dicho que el consumidor del siglo XXI es muy comprometido, dispuesto a penalizar a las marcas que no demuestren valores, y el atasco es kilométrico y monumental, circulando todos por el mismo carril. Y por favor, no lean lo que no estoy escribiendo. No hay nada más noble y necesario en las empresas que la responsabilidad social bien entendida. Pero si fuera verdad el 1000% de lo que cada día leemos y escuchamos, el mundo no estaría como está… No arden solo las naves más allá de Orión.

 

SONIA_BLANCA

 

Sigo siendo una ferviente convencida de que otra comunicación es posible. Al servicio de la cuenta de resultados, sí. Pero sincera y transparente. Llámenme naif. La responsabilidad corporativa y el propósito como estrategia de vida, no como estrategia de venta, con el storydoing imponiéndose sobre el (tantas veces artificial) storytelling. Pensando precisamente en el valor que tienen los hechos probados, Señorías, frente a cuentos y milongas, recuerdo —porque me lo recuerdan unos y otros constantemente— que estamos en plena batalla campal (electoral) por los sillones y despachos de la Puerta del Sol. Mención aparte merecen los eslóganes electorales que ahora enarbolan los políticos en Madrid, entre soflamas de guerrilla urbana ( Comunismo o libertad), inspiración rockera o televisiva (Soso, serio y formal, Madrileños por Edmundo o Madrid con Mónica) y la polarización (Protege Madrid, Que hable la mayoría). Todo ello para deleite de futuras generaciones de políticos y ciudadanos curiosos que —confío— habrán recuperado en algún momento el criterio y la cordura cuando este presente sea ya pasado lejano en nuestra memoria y en las hemerotecas. La simplificación hasta la ridiculez para hacer política a golpe de tuit se impone sobre el necesario e imprescindible debate de propuestas y soluciones, que es lo verdaderamente urgente para salir de esta crisis histórica. No, no tenemos los políticos que merecemos. Nadie merece esto. Y tampoco se libran algunos medios, dedicados a perseguir guiris sin mascarilla por las playas mientras miles de trabajadores afectados por ERTE no cobran o cobran mal la prestación. Oigan: que hay más colas y problemas en las ofi cinas del SEPE que en primera línea de playa. Ah, que eso no vende… ¿Que no vende qué? Pan y circo. Ni la Lola de España ni Dalí, ni con acento ni sin él, con permiso de todos los impresionados con las (¿nuevas?) aplicaciones creativas de la inteligencia artificial. Levanta la cabeza (Atresmedia) es lo más sensato y necesario que he visto en mucho tiempo. Que levanten la vista del móvil y vean que el mundo, ahí fuera, es otro.

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